«Olas de un solo mar»

Una visión más amplia de la pertenencia en una sociedad neerlandesa común

14 de julio de 2026

LA HAYA, Países Bajos — A menudo se habla de la pertenencia a un país como algo que se hereda, se logra o se demuestra, y que se justifica por un determinado estatus obtenido cuando una persona cumple ciertas expectativas legales o culturales. Un proyecto de la Oficina Bahá’í de Asuntos Públicos de los Países Bajos lo ve desde otra premisa: que toda persona tiene un papel que ejercer en el futuro común de la sociedad.

Con el título «Golven van één zee» («Olas de un solo mar»), el proyecto no intenta dirimir quién cumple los requisitos para ser considerado neerlandés. Más bien, desplaza la idea de pertenencia de una definición polémica de identidad a la capacidad compartida de contribuir: ¿cómo puede todo el mundo, independientemente de su origen, participar en la verdadera prosperidad de la sociedad y, con esa contribución, llegar a sentirse en casa en ella?

Aquí se muestra una de las numerosas mesas redondas celebradas en los últimos años. Un sentimiento común entre los jóvenes que han participado en estos debates ha sido que, cuando las personas actúan juntas e intentan comprenderse mutuamente desde puntos de vista diversos, las diferencias no solo dejan de presentarse como barreras, sino que se convierten en fuentes de fortaleza mediante la amistad.

El proyecto surgió a partir de numerosos debates sobre la discriminación, la identidad y la cohesión social, en colaboración con diversos agentes sociales y el Coordinador Nacional de los Países Bajos contra la Discriminación y el Racismo, y dio lugar a una serie de mesas redondas en las que han participado cientos de residentes de todo el país. En esos debates, la Oficina se ha tropezado repetidamente con una pregunta de base: ¿A quién se considera neerlandés?

Kimberley Truin, colaboradora de la Oficina, explicó: «En las ocasiones en las que se intenta dar respuesta a esta pregunta definiendo las cualidades de la identidad neerlandesa se crea inevitablemente una división entre un “grupo de pertenencia” y “un grupo de exclusión”».

«La sociedad no es un grupo anfitrión en el que los demás deben hallar su lugar ―afirmó Truin―. El principio de la unidad de la humanidad cambia el punto de partida», agregó, refiriéndose a una metáfora de las enseñanzas bahá’ís. «La humanidad es como un cuerpo, y cada parte posee las capacidades necesarias para el bienestar del conjunto. La unidad en la diversidad, por tanto, exige no ya una asimilación, sino la participación de todos».

Esta perspectiva amplía el concepto actual de participación, que con frecuencia se mide principalmente con la vara de la actividad económica. Los participantes hicieron referencia, por ejemplo, al caso de las madres que tal vez no estén activas en un trabajo formal, y sin embargo fortalecen la vida de sus barrios, cuidando de los hijos de otras, uniendo a las familias y fomentando lazos entre los vecinos.

«Cuando puedes y quieres contribuir, sientes que perteneces a algún lugar y eso da sentido a tu vida», afirmó un participante de Ámsterdam.

Imagen de una mesa redonda organizada junto con el Coordinador Nacional de los Países Bajos contra la Discriminación y el Racismo, con jóvenes participantes.

Las conversaciones también han puesto en evidencia los obstáculos cotidianos que pueden impedir que las personas participen plenamente: desde los colegios y los puestos de trabajo hasta los comercios, las instalaciones deportivas, las redes sociales y las instituciones públicas. En una escuela de una zona rural, los participantes al principio veían que la discriminación no era una preocupación prioritaria en su entorno. Sin embargo, conforme avanzaba el debate, comenzaron a darse cuenta de las barreras menos visibles a las que se enfrentan las personas en sus propias calles y a pensar en cómo resolverlas.

Para la Oficina, superar estas barreras exige un cambio en tres niveles interrelacionados: el individual, el comunitario y el institucional.

Sherene Farag, miembro de la Oficina, declaró: «Las instituciones moldean la opinión pública, y cuando su labor no está basada en la unidad de la humanidad, se mantienen las divisiones entre “nosotros” y “ellos”».

Farag añadió: «Depende en gran medida de su disposición a unir a las personas y a llevar estos aprendizajes desde los barrios a la política nacional, sin imponer lo que las comunidades deben aprender a hacer por sí mismas».

Cualquier planteamiento de inclusión fracasa, según la Oficina, si no tiene en cuenta también las cualidades que permiten a las personas vivir bien juntas: la paciencia, la dedicación y la capacidad de verse como iguales.

«Estas cualidades permiten a una comunidad ir más allá de la tolerancia, hacia el amor y la aceptación», afirmó Farag.

Un participante de Ámsterdam reflexionó sobre la relación entre la aportación, el sentido de pertenencia y el propósito: «Cuando puedes y quieres contribuir, sientes que perteneces a un lugar y esto da sentido a tu vida».

Los jóvenes han demostrado una disposición especial a poner en acción los aprendizajes surgidos de los debates. En Weert, los jóvenes participantes proyectaron reuniones en las que los residentes relataran la historia de su vida personal. En Utrecht, se empezaron a diseñar planes para organizar debates vecinales donde dar la bienvenida a los recién llegados al país. En un centro de idiomas para jóvenes de 16 y 17 años que estudian neerlandés, los participantes salieron de la mesa redonda ansiosos por iniciar actividades similares en sus propios barrios.

Nasim, un joven que participaba en las actividades bahá’ís de construcción de comunidad, ha experimentado hasta qué punto servir junto a otros fomenta relaciones armoniosas entre los jóvenes que, en circunstancias normales, quizá no pasarían tiempo juntos. Al trabajar juntos y debatir cuestiones importantes, afirmó el joven, las diferencias dejan de ser barreras y surgen amistades verdaderas.

«Si conectas a más y más personas, eso significa que excluyes a menos personas», afirmó Nasim.

La esperanza de todo esto para todos los implicados tuvo su traducción en las palabras de una participante de 14 años de Weert: «Una nueva generación establece un nuevo modelo».

La Oficina se plantea ampliar este diálogo en curso a más barrios el año próximo. Las experiencias generadas en estos debates serán analizadas con más detalle en una publicación, varios podcasts y en proyectos artísticos.

Imagen de algunos participantes en una mesa redonda celebrada en Utrecht

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