La Asociación de Estudios Bahá’ís cumple 50 años

La investigación académica y el conocimiento al servicio del bien común

Con motivo de su 50.º aniversario, la conferencia de la Asociación reunió a unos 2100 participantes para analizar cómo puede la investigación servir al bien común.

3 de septiembre de 2026
La investigación académica y el conocimiento al servicio del bien común
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OTTAWA, Canadá — Con frecuencia, la investigación académica se percibe como una labor exclusiva de especialistas, que se lleva a cabo en universidades y que luego aparece publicada en revistas especializadas. Más de cincuenta años de experiencia en el seno de la Asociación de Estudios Bahá’ís (ABS en inglés) apuntan hacia una concepción más amplia: cualquier persona puede, de alguna manera, aportar a la generación de conocimiento, y un sinfín de espacios sociales pueden convertirse en un contexto para la búsqueda rigurosa de ideas que ayuden a mejorar el bienestar humano.

Esta idea permeó la 50.ª conferencia anual de la Asociación, que el mes pasado reunió a unos dos mil cien participantes en Ottawa. El encuentro se abrió con dieciséis seminarios de dos días de duración en los que se analizaron áreas tan diversas como la salud, la tecnología, los medios de comunicación, la educación, las artes, la salud mental, la investigación científica y la investigación de carácter comunitario, entre muchos otros. Un programa paralelo, organizado por el Instituto de Estudios sobre Prosperidad Mundial reunión a jóvenes de entre 15 y 21 años para reflexionar sobre la relación entre sus estudios, el trabajo, el servicio y la contribución a la vida de la sociedad.

Clave en esta labor es el propósito que da vida a la Asociación. Shabnam Koirala-Azad, presidenta del comité ejecutivo de la Asociación de estudios Bahá’ís, lo describió como la creación de oportunidades para que académicos, profesionales y otros participantes interesados incorporen los principios de la Revelación bahá’í a un diálogo serio con los debates académicos y profesionales de la sociedad, arrojando luz sobre estas áreas de la actividad humana.

Todd Smith, secretario del comité ejecutivo, recalcó que esta correlación también funciona en ambas direcciones: comprometerse con los aprendizajes obtenidos en áreas más amplias de conocimiento, procedentes de diversos campos, puede, a su vez, profundizar la comprensión que tienen los participantes de Escrituras bahá’ís.

En representación de la Asamblea Espiritual Nacional de los Bahá’ís de los Estados Unidos, Saphira Rameshfar describió la orientación hacia el conocimiento que ha caracterizado paulatinamente la Asociación como: aquella en la que el rigor intelectual se armoniza con la percepción espiritual y con las exigencias del servicio, y en la que la comprensión progresa mediante el diálogo.

El conocimiento, afirmó, es un recurso para el progreso de la civilización.

Un campo de investigación en expansión

El quincuagésimo aniversario brindó la oportunidad de analizar la evolución de la Asociación y contemplar cómo un propósito presente desde sus comienzos ha ido encontrando una expresión más rica con el paso del tiempo.

La Asociación fue fundada en 1975 por la Asamblea Espiritual Nacional de los Bahá’ís de Canadá, en un momento en el que la comunidad bahá'í canadiense investigaba cómo los aprendizajes extraídos de las enseñanzas bahá’ís podían contribuir a la vida intelectual de las universidades y de otras instituciones de enseñanza superior, bien a través de presentaciones formales, cursos y ciclos de conferencias.

Ochenta personas asistieron a la primera conferencia anual al año siguiente en Cedar Glen, en Bolton (Ontario). Desde sus inicios, la Asociación aspiró a promover un compromiso intelectual serio con las enseñanzas bahá’ís y con los problemas que afronta la sociedad. Casi de inmediato, se puso en marcha un programa de publicaciones, que abrió vías para que los textos académicos pudiesen llegar a un público más amplio. Se celebraron charlas y conferencias en entornos universitarios, surgieron asociaciones en los campus y los estudiantes dispusieron de espacios en los que reflexionar sobre las cuestiones que surgían a partir de sus respectivos estudios a la luz de los principios bahá’ís.

David Smith, quien se contó entre los que promovieron los primeros pasos de la Asociación y sirvió posteriormente como miembro del Cuerpo de Consejeros de Norteamérica, evocó cómo le atrajo la posibilidad de que las personas que buscan respuesta a los problemas de la sociedad y la tecnología pudiesen encontrar ideas inspiradoras en las enseñanzas bahá’ís en los entornos de enseñanza superior. La Asociación, afirmó, se convirtió en «este instrumento de aprendizaje».

A medida que la Asociación crecía, también lo hacían las vías por las que se promovió este propósito. Su mandato se amplió a toda Norteamérica en 1981, y al año siguiente se estableció en Ottawa el Centro de Estudios Bahá’ís. Durante la década de los ochenta, una serie de simposios y diálogos se convirtieron en oportunidades para que los puntos de vista bahá’ís se estudiasen junto a otros corpus de estudios y corrientes contemporáneas de pensamiento social. La Revista de Estudios Bahá’ís, fundada en 1988, ofreció otro modelo cada vez más riguroso para que la investigación académica contribuyese tanto a la vida intelectual de la comunidad bahá’í como a los debates académicos más amplios.

Las conferencias, publicaciones, iniciativas estudiantiles y diálogos religiosos irían adoptando formatos diversos durante las décadas posteriores. Sin embargo, el propósito que los animaba siguió ganando en profundidad: ¿Cómo contribuyen las ideas surgidas de la Revelación de Bahá’u’lláh a la búsqueda de conocimiento de la humanidad?

Roshan Danesh, antiguo miembro del comité ejecutivo, describió otra importante dimensión de las primeras aportaciones de la Asociación. En un momento en el que la investigación académica sobre la Fe bahá’í en contextos externos a la lengua persa y la árabe era todavía limitada, la Asociación ayudó a crear espacios en los que esta labor pudiera desarrollarse e incorporarse a debates intelectuales más amplios. Desde el principio, afirmó, el interés de la Asociación se abrió más allá del estudio de la Fe Bahá’í en sí a correlacionar las enseñanzas bahá’ís con el pensamiento contemporáneo.

Esta orientación se plasmó en publicaciones, conferencias e intercambios con pensadores de diversas disciplinas. El doctor Danesh señaló que estas primeras iniciativas ayudaron a establecer «puntos de intersección» entre el pensamiento bahá’í y los ámbitos de conocimiento más generales. Los enfoques más participativos visibles hoy día, afirmó, se apoyan en este trabajo previo de investigación sobre cómo crear estas conexiones.

Pierre-Yves Mocquais, otro antiguo miembro del comité ejecutivo de la Asociación de Estudios Bahá’ís y actualmente catedrático emérito de la Universidad de Calgary, describió un rasgo que destaca a lo largo de todas estas décadas: «Lo que a mí me parece más destacable de la Asociación de Estudios Bahá’ís es el hecho de que durante todo este tiempo ha seguido experimentando».

Nuevos enfoques se fueron desarrollando mediante el diálogo con las instituciones bahá’ís, a medida que la Asociación aspiraba a comprender cómo su labor podría responder a las necesidades cambiantes.

Por lo tanto, la evolución no se limitó simplemente a una simple cuestión de escala. Implicó la reconceptualización de la naturaleza de los espacios en los que se produce la investigación académica.

Julia Berger, quien también formó parte un tiempo del comité ejecutivo, recordó las primeras actividades en las que varias personas de campos similares se reunían en lo que se llamaban «las conversaciones de formato pecera», reflexionando en voz alta sobre cuestiones de sus respectivas disciplinas a través de la lente de los principios bahá’ís y de la experiencia.

La doctora Berger describió lo que siguió como «un compromiso firme y tenaz con la iteración y la reflexión». Aquellos comienzos relativamente sencillos poco a poco contribuyeron a los seminarios más intensivos que se celebran en la actualidad a lo largo de todo el año y los previos a la conferencia anual.

El doctor David Smith recordó en términos parecidos el movimiento a partir de una cultura de conferencia centrada principalmente en las ponencias hacia espacios en los que los mismos participantes se implicaron más activamente en la investigación prolongada. Aprender a aprender, afirmó, es algo que la Asociación ha podido auspiciar en un grado cada vez mayor.

Un hito aún más importante en este proceso continuo se produjo con la guía de la Casa Universal de Justicia dirigida a la Asamblea Espiritual Nacional de Canadá en 2013, en la que animaba al desarrollo de espacios en los que personas de disciplinas académicas similares pudiesen examinar los debates imperantes en sus campos y se destacaba la aportación que la Asociación podía realizar a medida que las nuevas generaciones se incorporaban a los diversos campos de la actividad humana.

Para entonces, las capacidades promovidas mediante las actividades locales de la comunidad mundial bahá’í a través de la acción y reflexión sistemáticas, el diálogo y la aplicación de los principios espirituales a la realidad social iban encontrando cada vez más expresión dentro de los enfoques de la Asociación.

«La evolución de la Asociación supone un reflejo directo de las capacidades que se están desarrollando en la comunidad bahá’í fuera de la Asociación de Estudios Bahá’ís», afirmó Mariam Ashtiani, socióloga y miembro del comité ejecutivo.

Las experiencias que surgen de las actividades de construcción de comunidad y de acción social, explicó, aportan nuevos conocimientos respecto a la manera en que los principios espirituales pueden aplicarse a la realidad vivida, en lugar de quedarse en un nivel de abstracción. Los hábitos de diálogo, aprendizaje y reflexión desarrollados con esta experiencia han contribuido a su vez a enriquecer la forma en que los participantes se plantean las cuestiones en sus disciplinas académicas y profesionales.

Un ejemplo ilustra cómo esta modalidad de investigación académica evoluciona con el tiempo. El doctor Todd Smith describió a un grupo de lectura constituido para estudiar la obra de un filósofo de la ciencia. El grupo acabó convirtiéndose en una actividad de escritura colaborativa en la que participaron siete personas que se reunieron periódicamente durante varios años, revisando mutuamente sus resúmenes, esquemas y borradores sucesivos, al tiempo que se nutrían de los aprendizajes generados en los seminarios de mayor envergadura. Este proceso culminó con la publicación de seis ensayos repartidos en dos ejemplares diferentes de la revista The Journal of Bahá’í Studies.

El objetivo, recalcó Smith, trascendió con creces la mera publicación. Los participantes aprendieron a «ayudarse mutuamente a elaborar sus ensayos codo con codo», incorporando el espíritu de colaboración y de diálogo en el proceso mismo de investigación académica.

Ashtiani declaró que «históricamente la conferencia se veía como el vehículo principal» del trabajo de la Asociación. De una forma progresiva, se ha ido convirtiendo en un «punto de inflexión» en el que convergen las diferentes líneas de investigación desarrolladas durante el año.

Al analizar las últimas décadas, otra tendencia ha ido cobrando mayor protagonismo. Duncan Hanks, colaborador de larga trayectoria en la Asociación, describió como «el aprendizaje colectivo y los espacios colaborativos comenzaron a cobrar fuerza», expandiendo el círculo de aquellos que se veían a sí mismos como participantes en la erudición bahá’í y en la generación de conocimiento.

La Asociación continúa valorando las aportaciones especializadas de los académicos, afirmó, aunque en los últimos cincuenta años ha surgido un escenario más amplio: los profesionales y los estudiantes, junto con todas aquellas personas comprometidas en las actividades básicas pueden formar parte de este proceso.

Nuevos enfoques para cuestiones conocidas

Las experiencias estudiadas en la conferencia de este año ofrecieron ejemplos concretos de cómo el concepto amplio de erudición y de la participación en la generación del conocimiento se desenvuelve en campos específicos.

«Contribuir a los debates actuales de la sociedad implica que estamos pensando en la transformación en el plano del pensamiento, ya que el pensamiento modela la práctica», afirmó Ashtiani.

Las premisas de una disciplina respecto a la naturaleza humana, el progreso, el poder, el conocimiento o el propósito de la sociedad influirán en qué cuestiones se consideran importantes, en cómo estas cuestiones se interpretan y en qué líneas de actuación parecen razonables. Introducir los principios bahá’ís en los diálogos dentro de un campo implica, por tanto, algo más que incorporar una terminología espiritual a los enfoques existentes. En ocasiones puede cambiar incluso qué cuestiones se plantean en principio.

La investigación con, en vez de sobre, las comunidades

Valentina Muraleedharan, geógrafa y educadora, ayudó a coordinar un seminario sobre la investigación en la acción participativa (PAR en inglés), un enfoque que permite a las comunidades participar activamente en la investigación de su propia realidad social y plantearse las respuestas a las condiciones que ellas mismas identifican.

La investigación tradicional, explicó ella, comienza con alguien que se incorpora a una comunidad a partir de un contexto académico y con una pregunta ya definida. Basándose en el trabajo de los eruditos de la PAR, señaló que, por el contrario, los enfoques participativos reconocen que las personas que viven dentro de una comunidad poseen un conocimiento de su propia experiencia que no puede sustituirse simplemente por la pericia externa.

El principio bahá’í de la unidad de la humanidad lleva esta idea aún más lejos. La doctora Muraleedharan describió cómo este principio puede suavizar las premisas de una división rígida entre el investigador y los sujetos investigados.

«No existe distinción entre una persona de dentro y una persona de fuera cuando se trata de investigar con una comunidad ―afirmó―. Más bien, uno se ve a sí mismo como parte de esa comunidad y considera los desafíos a los que se enfrenta como propios».

La participación universal, por su parte, tiene implicaciones para el significado de la justicia en la investigación. Un proceso justo no se puede entender únicamente en términos de los resultados o beneficios finales. También plantea preguntas sobre quién ayuda a identificar el problema, formular las preguntas, interpretar la experiencia y determinar qué medidas tomar a continuación.

«Quién participa en esa investigación cobra una gran importancia para lograr un resultado justo y un proceso justo», afirmó la doctora Muraleedharan.

La investigación planteada de esta manera puede contribuir a desarrollar la capacidad de una comunidad para comprender y responder a su propia realidad, en lugar de limitarse a generar conocimiento sobre ella.

De la salud individual a la salud de un conjunto social

El principio de unidad también ha influido en la orientación del trabajo de Jasmine Miller-Kleinhenz en el ámbito de la salud pública.

La doctora Miller-Kleinhenz, bióloga molecular y miembro del Comité Ejecutivo, trabajó inicialmente en el desarrollo de determinados tratamientos para una forma agresiva de cáncer de pecho que aparecía en niveles desproporcionados entre ciertas poblaciones de mujeres. Las explicaciones habituales a menudo apuntaban a la herencia o a características que se presuponían inherentes a esas poblaciones.

Sin embargo, según ella, las pruebas científicas no respaldaban adecuadamente estas suposiciones.

Reflexionar sobre el concepto bahá’í de la humanidad como una familia propició otra línea de investigación: ¿en qué condiciones vivían estas mujeres y si estas condiciones podrían dejar una impronta biológica?

Su investigación comenzó a ampliarse, dejando atrás los procesos moleculares que tienen lugar en el interior de cada organismo para dirigirse hacia los entornos sociales y físicos en los que las personas viven, analizando el acceso a alimentos nutritivos, la calidad de la educación, los espacios verdes y otras condiciones sociales, y reflexionando sobre cómo los entornos configurados por las decisiones colectivas pueden reflejarse en las consecuencias para la salud de cada individuo.

Para Miller-Kleinhenz, el principio de unidad no generó ninguna conclusión científica. Ayudó a visibilizar otra cuestión científica.

«No se puede quedar solo en algo bonito que hago por mi cuenta», afirmó respecto al esfuerzo por aplicar los principios espirituales a la vida diaria. «Además tiene que influir en mis preguntas de investigación».

Trasladar la cuestión a partir de lo que sucede en el cuerpo de una persona a las condiciones en las que vive esa persona también cambia en quién recae la responsabilidad de la salud. Un modelo exclusivamente individualizado puede plantear si una persona tiene una dieta sana o si hace suficiente ejercicio. Un concepto más amplio enmarca al individuo dentro de una red de relaciones, instituciones, contextos y elecciones sociales y se pregunta qué responsabilidad tiene la sociedad en general en cuanto a las condiciones en las que se promueve la salud.

Hacer visibles las premisas de la tecnología

En los seminarios sobre tecnología surgieron preguntas similares acerca de las premisas ocultas.

Adib Shafipour, investigador que trabaja en aplicaciones de inteligencia artificial para la detección de enfermedades, describió un ejercicio que presentó cuando impartía clases de biotecnología. Pidió a los estudiantes que identificaran los supuestos subyacentes en las tecnologías que estudiaban.

Sus observaciones pronto traspasaron los límites del rendimiento técnico. Un estudiante identificó el supuesto implícito según el cual prolongar la vida humana debería ser un objetivo independientemente de la calidad de esa vida. Otro cuestionó si la búsqueda de una mayor eficacia siempre se debía considerar deseable, sin atender a las consecuencias materiales y sociales más generales.

El ejercicio no daba pistas de qué conclusiones debían sacar los estudiantes. Su importancia radicaba en poner sobre la mesa los supuestos que, de otro modo, pueden pasar por simples rasgos técnicos.
Shafipour explicó que las tecnologías a menudo se presentan como herramientas neutrales. Sin embargo, su diseño refleja necesariamente ideas respecto a qué se debería optimizar, qué necesidades importan, qué constituye el progreso y cómo se entiende el ser humano.

Esto adquiere especial relevancia cuando la imagen dominante del ser humano es la de un consumidor cuya participación consiste básicamente en adoptar lo que ya ha sido producido por otro.

El concepto bahá’í de los seres humanos como protagonistas, con capacidad para dialogar, tomar decisiones y contribuir a su vida colectiva, abre la puerta a otra posibilidad: las comunidades en sí mismas pueden lograr una mayor capacidad para decidir qué tecnologías necesitan, con qué fines y cuáles son sus posibles efectos sobre sus relaciones y su cultura.

Shafipour hizo hincapié en que, aunque estos ejemplos son modestos, sugieren que la participación efectiva en las decisiones tecnológicas no tiene por qué quedar limitada a los tecnólogos.

Repensar el punto de partida del pensamiento político

Michael Saber, doctorando en ciencias políticas y editor de la revista The Journal of Bahá’í Studies, ayudó a coordinar un seminario sobre las alternativas al partidismo político y a la polarización.

Gran parte del pensamiento político, explicó, parte de la base de que existen individuos o grupos que mantienen intereses contrapuestos. El problema de la política se centra así en cómo negociar, equilibrar o cuestionar esos intereses enfrentados.

El principio de la unidad de la humanidad cambia ese punto de partida.
«Si nuestra hipótesis inicial [...] es la unidad de la humanidad, entonces el debate parte de una base diferente», afirmó Sabet.

Sabet utilizó la analogía bahá’í de la humanidad como un único cuerpo. Las necesidades de sus diferentes partes no son las mismas, sin embargo, el bienestar de una parte no se puede garantizar, en última instancia, a costa de la privación de otra. Aplicado al pensamiento político, esto traslada la atención más allá del modo en que grupos rivales obtienen su parte, y la dirige hacia cómo pueden entenderse las diversas necesidades en el marco del bienestar del conjunto.

Sabet explicó que el principio bahá’í del diálogo y decisión colectiva ofrece un medio para que se produzca ese cambio. Crea el escenario en el que diferentes puntos de vista pueden estudiarse en conjunto y alcanzar gradualmente un entendimiento común que pueda orientar la acción colectiva. Tal y como él mismo expresó: «si las personas se unen con la metodología adecuada», pueden llegar a lograr esta unidad de entendimiento.

Un círculo creciente de colaboradores

Para Nwandi Lawson, una profesional de los medios de comunicación, la visión cada vez más amplia de la erudición bahá’í se refleja en su propia relación con la Asociación de Estudios Bahá’ís.

«Como profesional de la comunicación, daba por sentado que la Asociación de Estudios Bahá’ís no era para mí, así que me autoexcluí», recordó.

Fue solo cuando alguien la alentó a participar que descubrió espacios de colaboración en los que su experiencia profesional podía integrarse en un análisis riguroso de los supuestos que conforman los medios de comunicación.

Este año, un detalle llamó poderosamente su atención: entre los participantes del seminario sobre medios de comunicación y sociedad se encontraba un estudiante del último curso de secundaria.

La experiencia sigue siendo fundamental, afirmó Lawson, y añadió que un campo profesional se enriquece cuando personas que se acaban de incorporar a él pueden reflexionar en compañía de quienes llevan décadas trabajando en él.

Esa dinámica intergeneracional quedó reflejada igualmente en el programa dirigido a los jóvenes. Los participantes, tanto de la etapa de secundaria como universitarios, analizaron cómo su formación y sus profesiones futuras pueden conformar una vida coherente de servicio, junto a la participación en las actividades de construcción de comunidad y la acción social.

Hoda Farahmandpour, miembro de la Asamblea Espiritual Nacional de los Bahá’ís de Canadá, recordó la primera vez que participó de joven en una conferencia de la Asociación de Estudios Bahá’ís. En su intervención durante la inauguración de la conferencia, reflexionó sobre las oportunidades de las que disponen ahora los jóvenes para acceder a los campos académicos y profesionales «en compañía de personas con experiencia», desarrollando el rigor intelectual y la claridad de pensamiento necesarios para contribuir a un acervo común de conocimientos para el progreso de todos y todas.

Todd Smith sugirió que, implícita en esta participación más amplia en los foros de la Asociación de Estudios Bahá’ís, se halla una actitud de humildad: los participantes se esfuerzan con diligencia en esta labor mientras se ven a sí mismo como parte de «un mismo sendero de servicio en el que todos tienen algo que aportar».

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VÍDEOS DE LAS SESIONES PLENARIAS

🔗 Fomentar un ecosistema de aprendizaje: cincuenta años de la Asociación de Estudios Bahá’ís

🔗 Fomentar la vida intelectual: contribuir al debate en las ciencias biológicas

🔗 Conocimiento indígena: interpretar el paisaje

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