Con motivo del Día de la Carta de la ONU, en una reunión de la CIB en Nueva York, se estudiaron los principios espirituales que pueden guiar el futuro de Estados Unidos.

NUEVA YORK — La historia suele presentarse como un hecho consumado: una secuencia de acontecimientos heredados por las generaciones posteriores. En una reunión celebrada en las oficinas de la Comunidad Internacional Bahá’í (CIB) de Nueva York se planteó otra manera de contemplar la historia: no solo como una herencia inmutable, sino como parte de un proceso en constante evolución en el que cada generación está llamada a participar.
Organizado con motivo del aniversario de la firma de la Carta de las Naciones Unidas, en este foro de debate se analizó el papel de los Estados Unidos dentro de la comunidad de naciones y qué exigencias plantean sus futuras aportaciones.
La reunión puso el broche final a la serie de debates organizados por la Oficina Bahá'í de Asuntos Públicos de los Estados Unidos tras la publicación de Un empeño común: hacer realidad la promesa de Estados Unidos, un mensaje de los bahá’ís de los Estados Unidos dirigido a «todos aquellos que mantienen viva la promesa de Estados Unidos en sus corazones». La publicación se hizo coincidir con el 250.º aniversario de la Declaración de Independencia.
Los debates previos, celebrados en las inmediaciones de Chicago y en Washington D.C., analizaron el papel de la religión en la sociedad, el fomento de la confianza social y los indicios de renovación espiritual en la vida pública. Este coloquio se organizó a escasos metros de la sede de las Naciones Unidas, en las oficinas en las que la Comunidad Internacional Bahá’í lleva décadas colaborando con las Naciones Unidas.
Nwandi Lawson, periodista y miembro de la comunidad bahá’í, moderó un diálogo en el que los ponentes reflexionaron sobre el papel del país en el seno del conjunto de naciones a lo largo de tres periodos diferentes: el actual, el pasado y el futuro.
El momento actual
Christopher Lu, antiguo embajador de los Estados Unidos ante las Naciones Unidas para asuntos de gestión y reforma, señaló que el bullicio de los acontecimientos cotidianos puede dificultar obtener una percepción clara del momento actual. Con el telón de fondo de los ochenta años transcurridos desde la firma de la Carta, Lu planteó que se percibe una trayectoria más amplia y dentro de ella el papel que el país ha desempeñado.
Toda exposición del papel que los Estados Unidos ha desempeñado desde la Carta, sugirió Lu, se resiste a la simplificación. Los estadounidenses, desde su punto de vista, son un pueblo bueno y generoso, pero también imperfecto, y ambos extremos no se contradicen. La tarea de conseguir lo que en la Constitución se contempla como «una unión más perfecta», afirmó, es un proceso continuo y no algo concluido, y los principios en los que se basa no ofrecen garantías por sí mismos. La libertad y la igualdad «no tienen efecto automático ―declaró―. Corresponde a cada generación hacerlas suyas y hacerlas progresar».
La idea de que los principios heredados deben ser asumidos una vez más por quienes los reciben fue una de las líneas dominantes durante la sesión posterior.
El pasado
El presente ha salido de algún lugar, señaló Lawson. Todos los presentes en la sala se benefician del legado de quienes les precedieron.
Anna Fierst, presidenta del Consejo de Administración del Centro Eleanor Roosevelt de Val-Kill, se refirió a su bisabuela, Eleanor Roosevelt, de quien apenas oyó hablar en el seno de su familia durante su infancia. Lo que aprendió no supuso tanto un legado como un hábito mental: sopesar una cuestión por su propio valor intrínseco, con una perspectiva general y sin sesgos.
Quienes conocieron a la señora Roosevelt, mencionó Fierst, recuerdan la forma en la que escuchaba a los demás. Esta cualidad escasea hoy día. Cuando hablamos con alguien que no comparte nuestro punto de vista ―añadió―, hace falta hacer una pausa para entenderlo.
Esos hábitos se trasladaron a la redacción de la Declaración Universal de Derechos Humanos, en la que Eleanor Roosevelt presidió la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas, cuya tarea exigía reunir las aspiraciones de muchos pueblos. Ella abordó esta tarea con un sentimiento de falta de preparación, afirmó Fierst. No había cursado estudios universitarios y era consciente de hallarse rodeada de eruditos. Lo que ella aportó fue saber escuchar atentamente a los demás, y entre quienes prestó atención se contaron las mujeres de otras partes del mundo que sirvieron en la Comisión con ella y cuyas aportaciones la mesa de debate calificó de cruciales.
Karenna Gore, fundadora y directora general del Centro para la Ética de la Tierra del Seminario Teológico Unido, sugirió que no es algo casual que las mujeres hubiesen ejercido un papel importante en darle forma a la visión que subyace a la Declaración Universal. Al habérseles dicho que su experiencia carecía de importancia, afirmó, las mujeres entendieron de una manera diferente lo que correspondía incluirse en un documento de esta índole y se pronunciaron al respecto con una autoridad moral especial.
Fierst describió la Declaración Universal como un trampolín: un instrumento concebido para el mundo entero, cuyo propósito era el de cambiar las cosas que están a nuestro alcance. Fierst recurrió a la respuesta de su bisabuela a la pregunta de dónde comienzan los derechos humanos universales: en los lugares más humildes, cerca de casa.
Cuando se le preguntó sobre qué merecía la pena conservar de ese legado, Gore apuntó a la convicción de que todas las personas nacen iguales, con el mismo valor y dignidad, y lamentó lo distante que aún sigue el mundo de esta idea, no solo por la brecha que separa a los ricos de los pobres, sino también en el acceso a los elementos esenciales para la vida.
La señora Roosevelt tenía sus propias dudas sobre esa brecha. Fue testigo de cómo el país acumuló posesiones tras la guerra, declaró Fierst, y pensaba que la fascinación por el consumo material hacía olvidar aquello que la sociedad debía cuestionarse sobre su propio camino. Vivió de manera sencilla y hablaba sin rodeos en una época en la que pocas personas tenían voluntad de escuchar. Entre los males que se señalan en el mensaje Un empeño común como obstáculos entre el país y su alto destino se encuentra el excesivo materialismo.
El futuro
Lawson se preguntó sobre qué valores deben guiar la siguiente etapa de una vida mundial compartida, una cuestión que se plantea en Un empeño común. El mensaje propone que los pueblos de la tierra pertenecen a una única familia humana y que los logros materiales, a menos que estén en consonancia con los principios morales y espirituales, pueden constituir una fuente tanto de mal como de bien.
Entre las cuestiones que quedan pendientes de resolver se encuentran la de cómo un espíritu de adoración colectivo podría ayudar a quienes tienen creencias diferentes a percibir a toda la humanidad, y a la vida en general, como un todo interdependiente con el que cada persona tiene obligaciones morales, y la de cómo este espíritu podría redefinir el cuidado de la tierra y de sus recursos.
El debate siguiente abordó estas cuestiones, a las que los ponentes llegaron por vías diferentes.
Gore comenzó con las palabras introductorias de la Carta de las Naciones Unidas, «Nosotros los pueblos de las Naciones Unidas», en las que percibió el lenguaje que los Estados Unidos habían ayudado a crear. Haber contribuido a esta Carta, afirmó, no constituye solo un derecho, sino una responsabilidad y un honor.
La labor iniciada, por tanto, desde su punto de vista, sigue inconclusa. La Carta fue redactada principalmente para evitar otra guerra mundial y no incluyó directamente ninguna referencia al cuidado del mundo natural, si bien «el derecho a un medio ambiente saludable», observó Gore, ha quedado reconocido por parte de las Naciones Unidas. La población humana se ha más que triplicado desde entonces. Los modelos de consumo que surgieron entre un número relativamente reducido de naciones se han ido extendiendo a muchos más. Cualquier reconsideración de los principios necesarios para el próximo siglo, sugirió, debe prestar mayor atención a la relación de la humanidad con la tierra y la naturaleza.
Gore puntualizó la atención que se da en Un empeño común a la renovación espiritual y dijo que en el mundo natural veía una fuerza viva a la que se refirió como «un espíritu». Aceptarla, sugirió, forma parte de la renovación que se necesita ahora.
Para poner de relieve las ideas contenidas en el mensaje, Fierst pidió que se leyera en voz alta un pasaje que había resaltado: «que podamos levantarnos a servir, ampliar nuestro círculo de preocupación, buscar la armonización de nuestros intereses con los intereses de los demás y trabajar para el beneficio mutuo» y «[...] que podamos aprender con los demás cómo llevar las verdades más elevadas a la práctica en contextos concretos». Según ella, este pasaje ponía de manifiesto el valor de una vida de servicio para el bien de los demás, en cualquier ámbito que uno se encuentre.
Al reflexionar sobre la serie de debates celebrados con motivo del 250.º aniversario de la Declaración de Independencia, Kenneth Bowers, secretario de la Asamblea Espiritual Nacional de los Bahá’ís de los Estados Unidos, afirmó que las reuniones demostraron la voluntad de abordar las cuestiones morales y espirituales que afronta el país.
«Donde quiera que se inicie un diálogo sobre lo que las personas esperan para sí mismas, para sus familias y sus comunidades ―afirmó Bowers―, en poco tiempo se hace evidente que todos desean prácticamente lo mismo de la vida».
Partiendo de esta premisa, resulta más fácil abordar las dificultades juntos. Y afirmó: «todo empieza por los puntos de unidad».
PJ Andrews, director de la Oficina de Asuntos Públicos, puso de relieve el título del mensaje: Un empeño común. Los Estados Unidos, se hace notar en el mensaje, en muchos sentidos conforman un microcosmos del mundo, y la labor de promover la unidad en diversidad se centra en la búsqueda de formas de vida que promuevan la paz tanto en el país hogar como en todo el mundo. Esta, se afirma en el mensaje, es «la promesa de Estados Unidos». La celebración de la reunión en Nueva York permitió vislumbrar esa promesa. «El mundo se encuentra en la ciudad de Nueva York», afirmó Andrews.