SANTIAGO, Chile — Quienes se dedican a resolver los retos que enfrentan sus sociedades suelen tener la sensación de que se les escapa algo básico que resulta difícil de definir. En Chile, un grupo de agentes sociales ha llegado a describir, durante este último año, esa dimensión ausente como la espiritualidad.
«Lo que ha salido a la luz tras una reflexión prolongada es una conciencia de que la espiritualidad es algo que se vive, más que como algo que simplemente se contempla. Se manifiesta en la calidad de nuestras relaciones, en la capacidad de actuar con veracidad y justicia y en las decisiones que conforman las vidas de las personas que nos rodean. En este sentido, es una ética que se manifiesta en la acción», declaró Allan Aravena de la Oficina Bahá’í de Asuntos Externos de Chile.
Este coloquio fue propiciado por la publicación a principios del año pasado de la declaración Transformación social: construir juntos una nueva visión por parte de la Oficina de Asuntos Externos. Basándose en los años de diálogo entre los miembros de la Oficina, investigadores, representantes de la sociedad civil, autoridades y miembros de la comunidad indígena mapuche, la publicación delinea una visión del cambio social basada en la unidad de la humanidad y en la dimensión espiritual de la identidad humana.
En lugar de dejar que la publicación quedara como un hecho aislado, la Oficina mantuvo el análisis con los participantes, entre ellos una jueza de familia, un sociólogo que trabaja con jóvenes en el sistema judicial y una autoridad municipal.
La amistad como escenario para la investigación
Lo que comenzó como una respuesta a una invitación abierta se ha convertido en un diálogo continuo, que suele mantenerse en los aledaños de la Casa de Adoración bahá’í de Santiago, y que se sustenta mediante los lazos de amistad entre los participantes. Aunque al principio eran desconocidos, describen estas reuniones como una especie de refugio, un espacio para conversar sin prisas en el que se analizan juntos los retos y se atienden con mimo las esperanzas.
«Todos sentimos que se había dado pie a algo importante —afirmó Aravena. A través de estas conversaciones, explica— descubrieron la dimensión humana y espiritual que habían estado buscando y ahora entienden lo vital que es».
Pamela Acuña, responsable de la Unidad de Solidaridad y Cohesión Social del Ayuntamiento de Peñalolén, describió el recorrido del grupo como «una amistad con un propósito, un espacio para el intercambio generoso, para el aprendizaje humano y para una esperanza renovada». Acuña añadió que las conversaciones han profundizado su convicción de que la espiritualidad, lejos de ser algo abstracto, puede servir de base para políticas públicas genuinamente humanas.
Reformular la relación entre el cambio interior y el colectivo
Un tema recurrente en los debates ha sido el de la «unidad en diversidad», entendida como una brújula que ha guiado a los participantes mientras escuchaban, consultaban y actuaban juntos frente a las dificultades. Otro ha sido la relación entre el cambio personal y el colectivo: el reconocimiento de que cualidades espirituales como la veracidad, la justicia y la solidaridad conforman las vidas individuales y cobran mayor significado conforme se expresan en la acción junto a los demás.
“Lo que vemos es que el trabajo paciente de cultivar las relaciones, de escuchar con atención y de dialogar como iguales, no es ajeno a la tarea de resolver los graves retos a los que se enfrenta nuestra sociedad».”
Allan Aravena, miembro de la Oficina Bahá’í de Asuntos Externos de Chile
Para Mónica Jeldres, jueza de familia, las reuniones brindaron un espacio de reflexión poco común en la vida profesional cotidiana. Reunirse, afirmó, ayuda a colegas de diferentes campos «a entablar diálogos profundos sobre la espiritualidad como motor de la transformación social».
También enfatizó que la espiritualidad implica una reflexión que debe llevar a la acción y a contribuir a las políticas y prácticas que fortalezcan el tejido social. «¿Cómo podemos mejorar, si no es con el servicio a los demás y actuando en su favor?», cuestionó Jeldres.
«La verdadera espiritualidad dista mucho de ser una vía de escape —añadió—. Solo cuando esta fuerza espiritual se convierte en una fuerza colectiva podemos afirmar verdaderamente que estamos construyendo, desde nuestras heridas más profundas, una sociedad que merece llevar el nombre de «humana». Necesitamos un trabajo que nos reconecte y una práctica espiritual que transforme nuestro dolor por el mundo en una acción sanadora».
Esta visión, señaló Aravena, ha sido fundamental para el análisis colectivo del grupo. «Estamos experimentando que el trabajo paciente de cultivar relaciones, de escuchar con atención, de dialogar en pie de igualdad, no es algo ajeno a la tarea de resolver los graves desafíos que afronta nuestra sociedad. Es un medio que hace posible ese esfuerzo. Lo espiritual y lo práctico no constituyen dos ámbitos distintos, sino uno solo».
Del diálogo a un compromiso más amplio
A medida que progresaban los debates, la atención del grupo se centró en la forma de ampliar su alcance y surgieron dos iniciativas.
La primera es una serie de podcasts, titulada Espiritualidad y transformación social: Vías para un mundo con sentido, en la que los agentes sociales analizan la relación entre los principios espirituales y la educación, la justicia, la gestión medioambiental y otras áreas de interés público.
«El hilo conductor de la serie de podcasts —afirmó Aravena— es dejar atrás los enfoques estrictamente técnicos. No hablamos de educación o de justicia en términos exclusivamente técnicos. Nos preguntamos cómo influye la espiritualidad en estos ámbitos».
Germán Díaz, sociólogo y director regional de un servicio de reinserción social para jóvenes, es uno de los responsables de dar forma al podcast. Él describió la serie como una invitación muy especial. «Esperamos que se convierta en un momento para hacer una pausa; No se trata de otra fuente de información de consumo rápido, sino de una invitación a escuchar nuestro interior, a plantearnos preguntas para las que no siempre nos damos el tiempo necesario, y a hacerlo juntos».
La segunda iniciativa fue una reunión realizada con anterioridad a principios de este mismo año, con el título Unidad en diversidad: La espiritualidad como fuerza de transformación social, que reunió a unos cuarenta participantes para considerar la forma en que la espiritualidad puede fortalecer la vida pública. Muchos describieron el acto como la culminación natural de un año de continuos debates y de aprendizajes compartidos.
Los participantes señalaron que sus esfuerzos se inspiraban en la Casa de Adoración bahá’í de Santiago, un lugar que ocupa un puesto especial en la conciencia colectiva del país.
«La Casa de Adoración se ha convertido en un punto de referencia nacional —afirmó Aravena—. La gente se asocia con serenidad y quienes participan en este proceso sienten que el trabajo se sustenta en esa misma atmósfera: la convicción de que esforzarse por el bienestar de la sociedad es una expresión del espíritu humano».
«No contemplamos este proyecto como algo con fecha de caducidad —prosiguió Aravena—. Con el tiempo, esperamos que se convierta en un movimiento que atraiga a más y más actores sociales hacia un análisis compartido del papel de la espiritualidad en la construcción de una sociedad mejor».