Bolivia
La Oficina Bahá’í de Asuntos Externos de Bolivia reúne a autoridades indígenas, funcionarios y estudiosos para analizar por qué la paz no puede basarse en la desigualdad.

LA PAZ, Bolivia — Mientras sostenía un aguayo, un tejido tradicional, Julia Pachacopa Llacsa trazó un diseño en zigzag.
«Este tejido es como un libro», explicó a los participantes reunidos en el Centro Nacional Bahá’í de La Paz. Su madre le había enseñado a interpretar el diseño como el camino de la vida, con momentos de dificultad y de alegría, de errores y de aprendizaje, así como la necesidad de seguir adelante.
Para Pachacopa, una autoridad indígena del pueblo yampara, el tejido incorporaba conocimientos que se transmitían de una generación a otra. Además, expresaba de forma muy gráfica una idea que inspiraba una serie de foros de debates organizados por la Oficina Bahá’í de Asuntos Externos de Bolivia: «Tejiendo el futuro».
«Para tejer, se necesitan muchos hilos», afirmó Rosmery Chambi, miembro de la Oficina, en una entrevista con el Servicio de Noticias.
Estos foros reunieron a personas de comunidades indígenas, a representantes del gobierno, del mundo académico, de comunidades religiosas y de organizaciones de la sociedad civil ―algunas en representación de sectores que no siempre han tenido facilidad para entablar un diálogo entre sí―.
El primer debate, «Las mujeres indígenas como artífices de la paz y el desarrollo», analizó la aportación de las mujeres indígenas a la educación, la vida familiar, el liderazgo de la comunidad y la preservación del conocimiento.
Los participantes reflexionaron sobre la idea de complementariedad presente en las culturas indígenas, como el concepto andino de chacha-warmi, que considera a los hombres y a las mujeres como socios interdependientes, así como sus puntos de conexión con la enseñanza bahá’í de que las mujeres y los hombres son como las dos alas de un pájaro, cuyo vuelo depende de que ambas sean igual de fuertes.
El debate también amplió las ideas convencionales en cuanto a la educación.
«La educación siempre ha existido», afirmó Pachacopa. Su madre nunca fue a la escuela ni tampoco sabía leer ni hablar español, sin embargo, a través del acto de tejer, de la observación, de los cuentos, del trabajo y del juego, ella le había transmitido un rico acervo de conocimientos. Un diseño puede convertirse en una lección de perseverancia; el hilar lana, en una ocasión para hablar sobre cómo llevar una vida de rectitud. El conocimiento de la tierra, de la familia, las matemáticas y la cultura se transmite de manera natural de una generación a otra.
Otros participantes evocaron la necesidad de combinar estos conocimientos heredados con la educación formal y espiritual, especialmente para las niñas y las mujeres, que en las generaciones pasadas tuvieron un acceso limitado a la escolarización.
En los debates se puso de manifiesto que la igualdad no requiere que las diferencias culturales tengan que desaparecer. Más bien, los participantes profundizaron sobre el modo en que los conocimientos y las diferencias en cuanto a experiencias pueden enriquecer una labor común cuando las relaciones se caracterizan por el respeto mutuo y la participación en pie de igualdad.
En un segundo debate titulado «Sin igualdad no hay paz», se analizó en profundidad el modo en que se plasma la igualdad en la práctica.
En la reunión se estudiaron temas recogidos en una declaración de la Comunidad Internacional Bahá’í (CIB) titulada Reconceptualizar la justicia: sentar las bases para un mundo con igualdad de género.
Se invitó a los participantes a considerar la justicia como un concepto que abarca mucho más que los mecanismos legales y judiciales para incluir los valores, las relaciones y las normas sociales que configuran las vidas diarias de mujeres y niñas.
«No puede haber justicia sin igualdad», afirmó Nidya Pesántez, representante residente de ONU Mujeres en Bolivia, «y no puede haber paz si no hay justicia».
Una cultura de paz, afirmó, exige que las personas expongan claramente sus diferencias sobre la mesa, se escuchen entre sí y busquen un terreno de entendimiento en lugar de recurrir a la violencia.
Mirna Inturias, investigadora de la Universidad Nur ―una institución educativa de inspiración bahá’í―, lleva años trabajando con las comunidades indígenas de las tierras bajas de Bolivia, y más concretamente, con grupos de mujeres que se organizan para gobernar sus territorios. Mientras se debaten teorías sobre la justicia en otros lugares, comentó en el foro, estas comunidades ya están construyendo modelos prácticos de justicia.
Las mujeres indígenas de las tierras bajas han participado desde hace tiempo en organizaciones compuestas tanto por mujeres como por hombres, señaló Inturias, aunque los modelos de interacción establecidos en algunos de estos espacios dejaban muchas veces un margen limitado para la participación de las mujeres.
Basándose en los principios de organización colectiva, escucha y asamblea ya presentes en sus comunidades, estas mujeres han formado también sus propias organizaciones. Esto ha dado pie a espacios complementarios en los que poder desarrollar capacidades y definir con mayor claridad las prioridades en sus territorios.
«No es suficiente con limitarse a pedir participar ―afirmó Inturias―. Tenemos que desarrollar las capacidades necesarias para ello». Hizo hincapié en que, en última instancia, este proceso involucra tanto a las mujeres como a los hombres, aunque en principio esta labor concreta comienza por fortalecer el liderazgo de las mujeres. De esta manera, declaró, surgen nuevas estructuras y espacios sociales que «generan procesos que favorecen una mayor justicia y una mayor participación».
Esta idea ha tomado forma a través de una colaboración entre la Universidad Nur y la Confederación Nacional de Mujeres Indígenas de Bolivia, en la que las mujeres fortalecen sus capacidades prácticas en materia de gobernanza, defensa medioambiental, administración de proyectos y liderazgo. Una primera promoción de 38 mujeres completó la formación sobre gobernanza medioambiental.
Las preocupaciones que han motivado la formación están relacionadas con la vida diaria en los territorios: quién toma las decisiones sobre la tierra, cómo se protegen las fuentes de agua y los bosques, cómo se garantiza la seguridad alimentaria y cuál será el impacto de las decisiones actuales en los hijos y nietos que aún están por llegar.
Para Inturias, estas experiencias fueron una expresión concreta de un concepto más amplio estudiado en la declaración de la Comunidad Internacional Bahá’í: «La justicia como la libertad de una comunidad para concebir y seguir su propio camino de desarrollo».
Según ella, estos procesos ponen de manifiesto cualidades como la cooperación en lugar de la competencia, la toma de decisiones en asamblea y un cuidado mutuo que se extiende hasta la protección de la biodiversidad de la que depende toda una comunidad.
«Son procesos que están teniendo lugar y que generan esperanza», afirmó.
La Oficina mantendrá la serie de debates con la misma denominación. «Nuestro futuro aún no está del todo trazado, y estamos en el proceso de construirlo ―declaró Chambi―. Depende de nosotros decidir quién participará en este proceso y cómo lo llevaremos a cabo».