En un barrio de Bruselas, unos jóvenes prepararon un brunch para quien quisiera acudir, lo que dio lugar a un encuentro inesperado entre personas mayores, padres e hijos.

BRUSELAS — A menudo se describe a los jóvenes como el futuro. Sin embargo, no se suele confiar en ellos para el presente.
En Matongé, un barrio muy heterogéneo perteneciente al municipio de Ixelles en Bélgica, los vecinos tienen raíces en decenas de países diferentes. En este barrio, un grupo de jóvenes ―de entre 12 y 15 años― ofreció muchas tardes del año pasado a una labor de cocina. Cada dos meses, prepararon un brunch para el barrio.
«La finalidad de este brunch es que la gente pueda conocerse ―afirmó uno de los jóvenes cocineros―. Así el barrio se siente un poco más unido. Algunas personas no tienen suficiente para comer y esto les ayuda. Además, nos gusta cocinar».
La historia comienza, contra todo pronóstico, con la basura. Hace año y medio, los participantes en los proyectos bahá’ís de desarrollo comunitario se sumaron a una iniciativa del día nacional de la limpieza pública. Se ofrecieron tantos jóvenes que las autoridades municipales ―que no se habían dado cuenta del número de jóvenes activos en la zona― sintieron curiosidad.
Esta curiosidad dio lugar a una reunión entre los responsables municipales y los jóvenes, así como a un diálogo más profundo sobre las actividades de desarrollo comunitario que se venían llevando a cabo en Matongé desde hacía cuatro años.
Unos meses más tarde, un anuncio en una revista del ayuntamiento convocaba a un consejo juvenil que se iba a formar con jóvenes de entre doce y quince años. El grupo decidió asistir. Cuando se celebró la primera reunión, ¡se dieron cuenta de que eran los únicos jóvenes que habían acudido!
«El ayuntamiento tenía muy buenas ideas, pero con frecuencia le resultaba difícil hacerlas llegar a la gente», explicó Neysan Khabirpour, miembro del Cuerpo Auxiliar en Bélgica que colabora con el grupo.
Durante los meses siguientes, los jóvenes trabajaron con los agentes municipales en una serie de pequeños proyectos hasta que, de hecho, ellos mismos se convirtieron en el consejo juvenil. Fue entonces cuando supieron del presupuesto de participación, un fondo al que los residentes pueden recurrir para proponer iniciativas que beneficien al vecindario.
Los facilitadores del grupo prejuvenil plantearon al grupo una pregunta a la que recurren con frecuencia: ¿cuáles son vuestros talentos y cómo emplearlos para servir a los demás? La respuesta surgió sin apenas debate. Les encantaba cocinar.
Con el apoyo de jóvenes de más edad y de adultos, el grupo dio forma a un proyecto que sencillamente describieron como «por los jóvenes, para todos». Los residentes votaron a favor de la propuesta y con una módica suma procedente del presupuesto de participación se cubrieron los gastos de los ingredientes, el equipamiento y la decoración.
En cada brunch, entre sesenta y setenta personas llenaban la sala. Algunas eran familias que los jóvenes ya conocían. Otras eran vecinos que cruzaban el umbral por primera vez. Mientras disfrutaban de la comida preparada por los jóvenes, conversaban sobre temas que afectan a la vida del vecindario, desde la amistad y el acoso escolar hasta la educación, el medio ambiente y la cohesión social.
Cocinar fue solo el comienzo
El brunch en sí duraba toda la mañana. Llegar hasta ahí llevó días. Los miércoles, después del colegio, el grupo se pasaba horas haciendo la compra. Los viernes, se quedaban hasta bien entrada la noche para preparar la comida y decorar el salón. Los sábados llegaban a las nueve de la mañana ―prueba, según observó Khabirpour, de que el compromiso a veces consigue lo que no consiguen los despertadores―. Puede que la financiación cubriera los comestibles, pero fueron los jóvenes quienes aportaron las horas de trabajo.
«Al principio nos poníamos nerviosos al pensar que no íbamos a terminar o que algo iba a salir mal», comentó uno de los jóvenes organizadores. «Luego cuando comienza el brunch, todo se pone en su sitio y vemos a las personas comer. Esta parte es realmente bonita».
La preparación de la comida no siempre iba como la seda. Hubo desacuerdos ocasionales sobre quién hacía qué y cómo era mejor prepararla. Al fin y al cabo, una cocina es un lugar pequeño en el que se pueden descubrir grandes diferencias de opinión.
«El estar en una cocina con varias personas no es fácil ―dijo uno de los jóvenes organizadores―. Cada uno tiene su propia forma de hacer las cosas. Sin embargo, aprendemos a trabajar juntos, a convivir, y eso refuerza la amistad. Casi siempre».
Algunas lecciones solo se aprendieron con la práctica. Estar delante de sesenta invitados para presentar un tema fue algo más difícil que cualquier receta. En lugar de dar una presentación, los jóvenes comenzaban a plantear una pregunta e invitaban a la sala a dividirse en pequeños grupos para compartir después lo que habían descubierto. Los diálogos se enriquecieron de esta forma.
Elisa, una residente de toda la vida que asistió a los tres brunchs, rememoró los primeros pasos con cariño. «El primero no fue fácil para ellos ―afirmó―, pero cada uno de los siguientes fue mejorando cada vez más». Lo que más le quedó grabado fue la mezcla de gente que se sentaba alrededor de las mesas. «Conocí a vecinos marroquíes, neerlandeses y de otras nacionalidades a los que no suelo ver normalmente, desde los más ancianos hasta los bebés».
Para Khabirpour, la experiencia refleja una convicción de base en las actividades educativas bahá’ís: que los jóvenes no solo se preparan para contribuir algún día. Ya disponen de las capacidades que pueden desarrollar cuando se les confían una responsabilidades importantes y oportunidades para servir.
Colaborar con el ayuntamiento
Los brunchs también surgieron de una pregunta que la comunidad se venía planteando desde hacía tiempo: ¿cómo podrían trabajar unidos los residentes, los barrios y el ayuntamiento?
«Como residentes, es fácil que nos limitemos a preguntarnos qué debería hacer el ayuntamiento por nosotros ―afirmó Khabirpour―. ¿Por qué no hacen más? Comenzamos a hacernos otra pregunta: ¿cuál es nuestra responsabilidad y cómo podríamos colaborar con ellos?».
Un padre del vecindario lo expresó en sus propias palabras. Al principio, confesó, advertía sin dificultad aquello que el ayuntamiento no estaba haciendo. Ahora, dijo, «nos incluimos en el grupo de los que lo hacen».
Ese cambio no pasó inadvertido. Cuando el ayuntamiento convocó a los beneficiarios del presupuesto de participación para que presentasen sus diferentes proyectos, un hombre se acercó a este grupo al terminar. Les dijo que había comenzado a perder la esperanza en la generación más joven. Escucharlos hablar, dijo, le había devuelto la esperanza.
El proyecto tenía una duración determinada y finalmente llegó a su fin. Nunca se había concebido como una iniciativa de carácter permanente. Lo que importa aquí fue su legado: relaciones más sólidas, confianza creciente entre los jóvenes organizadores y una idea más clara de lo que sucede cuando las generaciones no se limitan a hablar unas de otras, sino que trabajan juntas.
Lo que queda es un barrio que ha visto la forma en que sus jóvenes identifican una necesidad, unos jóvenes que ahora saben cómo responder a ella.