La unidad en diversidad es un elemento esencial para la paz, declaran ponentes de Azerbaiyán, Baréin, Camboya y Kenia en un acto de la Cátedra Bahá’í para la Paz Mundial.

WASHINGTON, D.C. — Mientras las sociedades de todo el mundo lidian con cuestiones relacionadas con la paz y la seguridad, la gravedad de estos problemas puede estrechar el campo de visión, de modo que cada nación individual se basa principalmente en lo aprendido por experiencia propia. Un foro celebrado hace poco en la Biblioteca del Congreso en Washington D.C., coorganizado por la Cátedra Bahá'í para la Paz Mundial de la Universidad de Maryland, se encaminó hacia otros derroteros al reunir a ponentes de Azerbaiyán, Baréin, Camboya y Kenia para analizar cómo se abordan estas mismas cuestiones en contextos diferentes.
Un principio que avivó los debates fue la unidad en diversidad: el reconocimiento de que el progreso de la humanidad se ve enriquecido por sus diferencias. Hoda Mahmoudi, profesora y titular de la Cátedra, declaró al Servicio de Noticias: «Este principio pone de manifiesto la relación entre la diversidad, la unidad y la convivencia pacífica, porque replantea la diferencia no como un problema a gestionar, sino como un recurso vital para construir sociedades cohesionadas y justas».
Sin embargo, este principio, agregó la doctora Mahmoudi, también pone de manifiesto que la diversidad por sí sola no es suficiente. Sin un sentido de identidad común que sirva de punto de anclaje a una sociedad diversa, las diferencias pueden endurecerse y convertirse en división.
El reverendo Johnnie Moore, ponente de Estados Unidos, reflexionó: «La Cátedra ha trabajado sistemáticamente para explicar que la unidad no significa uniformidad. Pertenecer a algo no implica renunciar a la identidad». Y describió el principio de unidad en la diversidad como algo que exige una «nueva valentía» para llevarlo a la práctica, de manera que ayude a la comprensión no solo en las vidas individuales, sino también en las estructuras de la sociedad mundial.
El doctor Moore señaló lo que ese panorama demanda de aquellos que lo transitan: claridad sobre lo que hay que construir. «La paz no es simplemente la ausencia de guerra. Es la presencia de la justicia, la protección de los derechos humanos y el establecimiento de la armonía social», afirmó.
Esta misma convicción afloró en las declaraciones de Katrina Lantos Swett, educadora y presidenta de la Fundación Lantos para los Derechos Humanos, con sede en los Estados Unidos, quien destacó una metáfora de la unidad de la humanidad de las enseñanzas bahá’ís. «En un sentido muy profundo, todos somos hojas en las ramas del mismo árbol», afirmó.
Otro ponente, Sahib Naghiyev, vicepresidente del Comité Estatal de Asociaciones Religiosas de la República de Azerbaiyán, hizo hincapié en las dimensiones internacionales de estas cuestiones. El ritmo del cambio a nivel mundial, señaló, ha hecho de la convivencia de diversos pueblos, lenguas, culturas y religiones un rasgo de la vida que trasciende las fronteras y exige cooperación. «Nuestro mundo se está mundializando a un ritmo sin precedentes, dando lugar a un nuevo escenario social, político y económico», afirmó.
Varios ponentes señalaron que la educación moral es un factor fundamental para la labor de promoción de sociedades armoniosas. Bartholomew Lumbasi, agregado de Educación de la Embajada de Kenia en los Estados Unidos, se refirió a las labores de promoción en su país de las cualidades morales que, junto con el aprendizaje académico, permiten a los jóvenes convivir y resolver los conflictos de forma amistosa. «¿Cómo podemos educar a una persona de manera integral, desde su niñez, para que sea capaz de abrazar la paz?», preguntó.
En particular, señaló los «clubes de la paz» que están establecidos en diversas localidades de Kenia y que reúnen a estudiantes de distintos grupos que en el pasado han mantenido tensiones para mantener un diálogo continuado, una práctica basada, según explicó, en una sencilla convicción: «Si hablan entre ellos desde temprana edad, aprenderán a convivir».
Socheat Oum, subjefe de la Misión de la Embajada Real de Camboya, se refirió a la confianza como un elemento que se construye con paciencia a lo largo del tiempo, con frecuencia con historias dolorosas de por medio. Recordó que Camboya, que en su día acogió a las fuerzas de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas tras décadas de conflicto, en la actualidad contribuye con cascos azules a misiones de todo el mundo. Resolver las tensiones con los países vecinos, señaló Oum, no requiere fuerza sino comunicación. «La sinceridad y la confianza son esenciales si se quiere seguir trabajando juntos».
La convicción que impregnó toda la velada halló su expresión más intensa en el recuerdo que compartió Sohrab Sobhani, quien habló en representación del embajador de Baréin en los Estados Unidos, Shaikh Abdulla Rashed Al Khalifa. El doctor Sobhani recordó su visita al museo Beit Al Quran de Baréin, donde se exponen juntas alfombras confeccionadas a mano procedentes de países de todo el mundo. Las alfombras, dijo, constituyen un recordatorio del «tejido que nos une a todos como seres humanos».