En la 64.ª sesión de la Comisión de Desarrollo Social de la ONU, la CIB destacó la importancia de la colaboración entre individuos, comunidades e instituciones.

CIB NUEVA YORK — La calidad de las relaciones entre los individuos, las comunidades y las instituciones gubernamentales determina la manera en que las sociedades encaran sus desafíos más acuciantes. Cuando estas relaciones se caracterizan por las tensiones, la competitividad o expectativas puramente transaccionales, la capacidad colectiva se ve mermada. Cuando, por el contrario, se basan en una verdadera colaboración y un sentido compartido de propósito, surgen nuevas posibilidades.
Estas ideas fueron fundamentales para la participación de la Comunidad Internacional Bahá’í (CIB) en la 64.ª sesión de la Comisión de Desarrollo Social de las Naciones Unidas (CSocD64), celebrada este mes en la sede de la ONU en Nueva York.
Este año, el tema prioritario de la Comisión —promover el desarrollo social y la justicia social mediante políticas coordinadas, equitativas e inclusivas— brindó a la Comunidad Internacional Bahá’í la oportunidad de reflexionar acerca de las condiciones que permiten que arraigue una verdadera coordinación. Basándose en las experiencias de la comunidad bahá’í en todo el mundo en lo que respecta a su aportación al progreso social, la Comunidad Internacional Bahá’í publicó antes de la sesión una declaración titulada Coordinarse para el bien común (en inglés), en la que se analizan las diferentes funciones de los tres actores sociales: los individuos, la comunidad y las instituciones, así como la calidad de las relaciones entre ellos.
En su intervención en la mesa redonda de alto nivel celebrada durante la jornada inaugural de la Comisión, Cecilia Schirmeister, la representante de la Comunidad Internacional Bahá’í, apuntó que, en todo el mundo, el desarrollo tiende a avanzar de manera más eficaz cuando los esfuerzos de las instituciones de gobierno, los grupos comunitarios y los individuos se refuerzan mutuamente en lugar de duplicarse o de socavarse entre sí.
«En los lugares en que las relaciones entre los individuos, la comunidad y las instituciones se caracterizan por el compañerismo, la colaboración y la coordinación, el desarrollo responde con más precisión a las necesidades de la población», afirmó Schirmeister.
A continuación, describió lo que una colaboración de esta índole requiere en la práctica: que los actores sociales se unan para identificar aspiraciones comunes, que construyan una narrativa común en torno a una visión de futuro y que aprendan a trabajar con humildad, reconociendo que ni las preguntas ni las respuestas pueden descubrirse sin la participación de las personas implicadas.
Para ello, apuntó Schirmeister, es fundamental replantearse el significado mismo de comunidad. En lugar de ser una mera suma de los individuos que la componen, la comunidad puede entenderse como un actor por derecho propio, que, mediante espacios de diálogo y reflexión colectiva, permite que las personas se vean a sí mismas como participantes en una empresa compartida en lugar de como actores aislados.
Cuando ese sentido de propiedad está presente, las iniciativas voluntarias tienden a florecer y la colaboración con las instituciones se convierte en una expresión natural del propósito compartido, en lugar de una necesidad impuesta.
Un acto paralelo organizado por la Comunidad Internacional Bahá’í puso en práctica estas ideas con ejemplos de experiencias concretas. Neda Badiee Soto y Alejandro Sarmiento González, dos miembros de la comunidad bahá’í de las Islas Canarias, comentaron sobre los años de actividades de construcción de comunidad en aquel territorio, centrados en aplicar los principios morales a través de actos de servicio, que han promovido de manera gradual unos lazos más sólidos de confianza, un sentido de pertenencia local y una cooperación creciente con las autoridades municipales.
Con el tiempo, estas actividades han dado pie a proyectos de desarrollo con liderazgo local para responder a las necesidades del barrio, que van desde el empoderamiento de las mujeres, la restauración del medio ambiente y la reubicación de inmigrantes hasta el apoyo escolar, la salud comunitaria y el apoyo familiar.
Una iniciativa que describieron con detalle fue una red de campamentos diurnos comunitarios que surgió hace unos años a partir de las preocupaciones de las familias trabajadoras.
Sin medios para costear campamentos privados durante las vacaciones escolares, grupos de vecinos comenzaron a dialogar juntos sobre sus necesidades y aspiraciones y decidieron crear sus propios campamentos, contando con voluntarios de la comunidad.
Comenzando como un único campamento con menos de cien jóvenes voluntarios en 2020, ha crecido hasta abarcar once campamentos en cuatro islas en los que participan más de trescientos voluntarios y más de mil cuatrocientos participantes.
Lo que demostró ser importante, explicó Sarmiento González, fue cómo las instituciones locales se comprometieron con la actividad, no dirigiéndola sino respondiendo a lo que la comunidad misma había identificado como una necesidad.
Las autoridades municipales comenzaron a proporcionar comidas e instalaciones cuando se dieron cuenta del impacto que los campamentos estaban teniendo en el tejido social de sus barrios. «La comunidad verdaderamente es la que conoce y puede comprender su propia realidad», puntualizó Sarmiento.
Badiee Soto señaló el principio que subyace en esta creciente colaboración: «La experiencia sugiere que estos tres actores —individuos, comunidades e instituciones— se dan plenamente cuenta de su potencial cuando se fortalecen las relaciones entre ellos. Y existe un principio fundamental que moldea y define estas relaciones: la cooperación y el apoyo mutuo».
El compromiso de la Comunidad Internacional Bahá’í en el CSocD64 se basó en su declaración, disponible en bic.org (en inglés), en la que se analiza cómo estos patrones de vida colaborativa de base pueden ofrecer aprendizajes no solo a las comunidades locales, sino también a los responsables políticos de todos los niveles.